En Ayotzinapa vemos así, de manera innegable, la violencia estructural ejercida por la unión entre capital extralegal y Estado nacional. Una violencia cotidiana culpable de tantas y tantas muertes y desapariciones de luchadores sociales y gente común, en una guerra extensiva que lleva más de 8 años. En Ayotzinapa, se sintetiza el verdadero fin de la guerra contra el narco y del Estado mexicano.
Pero, Ayotzinapa no es sólo eso. No es sólo violencia asesina desatada. Si hoy podemos hablar de Ayotzinapa, empatizar, compartir, hacer nuestro el dolor y la tristeza, la rabia y la indignación, es -entre otras razones- por la firmeza, el digno empecinamiento, la voluntad inquebrantable de los padres, madres y familiares de nuestros compañeros muertos y desaparecidos.
Es por el hartazgo ante el desprecio y la opresión, ante la muerte injusta y descarnada que nos asola; por el asco ante la barbarie; por la esperanza en lograr un mundo donde exista justicia verdadera; por el despertar de los corazones y la voluntad de no dejarnos. Esperanza, despertar y luz que crecen al reverberar la dignidad. Hartazgo y asco, esperanza y luz, labrados en años de agresión abierta.
Es por el descreimiento del hacer y deshacer de los políticos todos, por el paulatino retomar la decisión de la vida en nuestras manos, por oponernos a la crueldad.
La tierra, el agua: la vida.
Xochicuautla y el territorio Yaqui son heridas en la tierra, en la madre tierra, en la vida orgánica de la que dependemos y en la piel, la sangre, la memoria y el futuro de los pueblos originarios que nos dan razón y suelo para crecer.
Si en Ayotzinapa estamos frente a la violencia fulminante, explosiva, fugaz, desembozada; en suelos ñatho y yaqui vemos actuar una violencia sorda, larga como la historia de México desde la conquista, una violencia normalizada y por tanto invisible para la mirada superficial, pero no por eso menos mortal. Una violencia que amenaza un límite que, de ser sobrepasado por las sinrazones del poder: la avaricia, la codicia, la ambición desmedida por poseer, por controlar, por convertir todo en ganancia dineraria, por ejercer el poder de la razón irracional, significará la desaparición de la humanidad toda.
En el desecamiento del río Yaqui, está la muerte de culturas y formas de vida milenarias, y todo para que la máquina de producción y consumo desmedidos siga su vertiginoso paso hacia el despeñadero. En la destrucción del lugar donde florecen los bosques, del bosque de Xochicuautla, está la muerte del buen entendimiento que nos hermana con los suelos, los cielos, las aguas, los seres que les habitan y las energías que les dan forma, y todo para que los bienes mercancía, los hombres y mujeres mercancía, puedan llegar antes a cumplir su obligado destino: realizarse como consumo mercantil, desintegrarse en el anónimo mercado que todo vuelve objeto de compra – venta.
En valles y bosques, quiere crecer la muerte que mata al sustrato que posibilita el florecer de la existencia. Detrás de la cárcel al pueblo yaqui y ñatho, por defender pacíficamente el mundo habitado, no hay sino la soberbia del poder que busca humillar a pueblos enteros.
Más existe y anda, la larga resistencia, la firme voluntad de ser con dignidad, de crecer con la tierra que nos sustenta y de cuidar la vida. Pasamos a la ofensiva organizada y por ello nos convocan al Festival Mundial de las Resistencias y las Rebeldías contra el capitalismo, en el próximo diciembre y enero.
En los pasos, palabras, sueños y silencios de la tribu yaqui y el pueblo ñatho, andan los fundamentos para guardar la vida. Luchar por el río Yaqui, por el bosque de agua, por la libertad de los presos y el final de la represión, es luchar por un mundo en el que no haya más abuso sobre quien nos da la vida, por recuperar las nociones de respeto, de corresponsabilidad, de herencia y de cuidado.
Frente a la muerte y la injusticia: la vida digna, la libertad, la justicia verdaderas.
Ya lo decíamos: tanto la violencia desatada ferozmente en Iguala contra los cuerpos y almas de nuestros compañeros normalistas y contra el símbolo de lo que Ayotzinapa significa; cuanto la violencia sorda y normalizada en Xochicuautla y el río Yaqui; no son sino formas de una sola gran violencia continua, cotidiana, soterrada: la injusticia estructural de la forma de vida capitalista que organiza para sí las injusticias grandes y las injusticias pequeñas que nos habitan en nuestros actos diarios. Una violencia racista porque para el poder del Estado y el capital legal o extralegal, no solo los “indios” son otra raza, sino los oprimidos son otra raza… son sub-humanos; sino vean el desprecio con que tratan a los presos, a los desaparecidos; el desdén con que nos ofrecen sus mentiras para que no las traguemos como si fuéramos estúpidos abyectos.
Una injusticia que tiene, paradójicamente, como proyecto de vida la muerte: como forma de vida, la forma de muerte; como promesa de futuro, la muerte. Esa es la racionalidad que se nos ofrece, el progreso, el desarrollo, la modernidad; esas son las sinrazones de una forma de organización de la sociedad que se vuelve contra la sociedad misma que la produce. Por ello, como Colectivo Sin Rostro luchamos, trabajamos, por la vida y es un gusto tenerlos hoy a nuestro lado.
Porque cuando decimos su dolor es nuestro dolor, somos sinceros; cuando gritamos o callamos que su rabia es nuestra, somos profundamente honestos; cuando decimos, escribimos o cantamos que libres los queremos, que vivos los queremos, nos va la vida en ello.
Sabemos, tenemos la seguridad, que allá arriba no hay ni habrá justicia posible. No sólo tenemos horizontes opuestos; tenemos vidas opuestas. Vivimos en mundos diferentes y más ajenos a cada instante. Por eso, a quienes arriba son, no les mendigamos, ni pedimos, ni demandamos, ni exigimos justicia. Les exigimos tan sólo su obligación: liberar a nuestros presos y regresar con vida a nuestros estudiantes. Y tanto su libertad y su regreso, como el castigo a los agresores -cuanto el fin de la violencia, que sería realmente el inicio de la justicia-, no vendrán de los empresarios turísticos de Acapulco o de las constructoras en Xochicuautla y el río Yaqui; de los empresarios legales e ilegales de Guerrero, el Estado de México o Sonora; de los empresarios legales e ilegales del país que han callado o promovido la violencia actual; de los empresarios transnacionales que alientan y suspiran con avidez por nuestra desintegración, como Nestlé que hace escarnio de nuestros desaparecidos y muertos.
No vendrá tampoco su libertad, ni su regreso, ni justicia alguna; de ningún gobierno, de ningún partido electorero, de ninguna institución estatal en cualquiera de los niveles de gobierno; como no la ha habido en el olvido orillado de nuestro torturado y asesinado Julio Cesar Mondragón, a quien quieren sepultar por segunda vez en el silencio.
Su libertad, su regreso y su castigo, sólo vendrán creados por nuestros actos cotidianos, por nuestra digna acción. De la misma manera en que sólo podrá ser creada la justicia verdadera.
Quienes arriba son, pronto dejarán de serlo porque no habrá mas arriba ni el abajo existirá más. Las relaciones que lo propician o perpetúan, las vamos a acabar.
Las estamos acabando ya, cuando creamos la justicia cultivada con nuestra oposición firme a la opresión grande, a la destrucción del mundo de la vida, y a sus innumerables pequeños reflejos que entre nosotros lastiman cuerpos y almas día con día; la justicia que crecemos en la libertad y la dignidad colectivas, construidas en el cuidado y el respeto de los mundos que abajo somos. La justicia que anda en la palabra diciendo a pecho abierto que libres los queremos; en la luz que avanza en el vivos los llevaron, así los queremos: VIVOS.
Colectivo Sin Rostro
16 de noviembre, 2014